GALERÍA | MANUELA PICÓ

MANUELA PICÓ

Pintora

EL AURA DE LA VERDAD

Un verdadero artista hoy no es ya un acróbata, un malabarista ni un simple artesano habilidoso. Sobre todas las cosas, aquello que decide la condición de artista, sea un compositor o un poeta, es su capacidad de convicción. Un buen político persuade con no importa qué cosa pero un artista convence sólo si previamente ha asumido la importancia de su oficio y su honesto vínculo con él. De ahí se genera su especial capacidad de convicción cuyo efecto se mide siempre por el grado de su seducción. Quien vacila nos angustia, mientras que quien cree enteramente en lo que hace nos exalta. O, de otro modo: nos refuerza y nos ofrece salud.

De esa salud redonda y genuina se cuecen las cerámicas pintadas de Manuela Picó. Una pintura que si de una parte es tan humilde como para dar cuenta minuciosa de lo que ha visto ya hecho, de otra nos hace ver que la visión no acaba nunca o sólo culmina cuando se salda con un plus de verdad y amor. En este carácter de la visión, visión más honda y sosegada, se habita como en una vaguada de paz.

Los objetos que esta honrada pintora elige para pintar no son una reproducción exacta de lo preexistente sino una comunicación de lo que ofrece la trascendencia de su primera relación. Relación amorosa de un lado y devota del otro. O lo mismo da. El objeto que terminará siendo cuadro no es el objeto sin más sino su gemelo provisto de un alma imprevisible y nueva. Allí se encuentra, en este neuma casi místico, Manuela Picó sintiendo, palpitando, convenciéndonos. Convencida ella de su labor ancilar que nos convierte en felices devotos de sus resultados.

No hay pues, ni por asomo, fotoshop, filigrana, ni amaneramiento en toda su obra. Tampoco amejoramiento o estetización de cara al público circunstancial. Lo expuesto es justamente todo lo que hay en el objeto pero, decisivamente, una vez que pasa por el sujeto. Un sujeto noble que lejos de pretender sujetarlo (o sojuzgarlo) a su antojo, lo entrega liberado de su primaria condición. Ahora no será ya una cosa, un ánfora o un vaso, sino su nueva imagen especular. Ahora, plasmado en el cuadro, no será un útil más o menos valioso como herramienta, sino una encantación del modelo de utilidad.

Esta magia que lo envuelve haciéndolo, no obstante, parecido al original, lo distingue del original en el aura que ha adquirido. Y he aquí, en el interior de ese aura, a la pintora, la artista, la demiurga, la maga, la artista germinal. Tan genuina en lo que pinta que no sólo nos seduce como observadores sino que nos mejora personalmente en cuanto admiradores. Miradores privilegiados de un arte capaz de convertir el barro en oro, la loza en luz y la estampa de casi cualquier cosa en una impensable experiencia de belleza y bendición.

Vicente Verdú
Sociólogo, periodista y pintor
Director de El Cultural en el diario El País.